Bandolera

Entrevista a Ruth Gabriel: “Los malos bien escritos permiten ver las cosas desde su perspectiva”


La intérprete estrena el próximo viernes en el Gran Teatro ‘Verano’, un ‘thriller’ con muchas sorpresas escrito por Jorge Roelas y dirigido por Tamzin Townsend

Barrio Sésamo y Días contados son las dos referencias que afloran con mayor presteza a la hora de hablar de Ruth Gabriel (San Fernando, 1975), en cuya carrera figuran otras muchas películas y series televisivas, junto a obras teatrales como La casa de Bernarda Alba. Ahora protagoniza Verano, el debut como dramaturgo de Jorge Roelas, próxima cita en el Gran Teatro (viernes y sábado) en régimen de estreno absoluto.

-Una obra con muchos secretos y mentiras…

-Muchísimos… Cuando recibí el libreto, inmediatamente hubo algo que me atrapó. Recuerdo que mientras lo leía, pensaba: no me puedo creer hasta dónde es capaz de llegar el ser humano. Pero lo veía posible: no estaba leyendo ciencia ficción. Al principio no estaba claro cuál de las dos hermanas iba a ser, pero yo desde el primer momento sentí que entendía bien el personaje de Gabriela, la mayor, aunque no me sienta identificada con ella. Desde ese momento, lo que hemos estado buscando, más allá de todo lo que de horrible y pasmoso pueda tener el personaje, es el punto de verdad y vulnerabilidad que hace que un ser humano sea un ser humano. Nadie es blanco ni negro, están esos grises entre medias que son los más interesantes para trabajar.

-¿Cómo definiría su personaje?

-Es muy importante el hecho de que se ha criado sin necesidades: todo le ha sido dado. La única necesidad brutal que ha tenido es la afectiva, por parte de sus padres. Es vanidosa, con una confianza ciega en sí misma, absolutamente kamikaze porque no identifica sus propios límites: va hacia delante sobre todo y a pesar de todo. No admite equivocarse. Una vez que tiene un objetivo entre ceja y ceja es capaz de cualquier cosa.

-¿Cómo ha sido el proceso de inmersión en este personaje?

-Ha sido difícil porque de pronto encontrábamos muchos matices y no sabíamos cuál de todos ellos resaltar. De pronto había algo de Cruella de Vil pero parecía demasiado obvio, y luego apareció una especie de Paris Hilton pero le daba demasiada superficialidad al personaje. Hemos ido mezclando hasta llegar a un punto cómodo en el que todos los momentos de verdad pudieran desarrollarse, que resultara creíble. Es fundamental en todos los personajes, incluso en los más malvados, que haya un punto en el que el público pueda entender por qué han llegado a eso, por qué son así. Los malos que están bien escritos siempre permiten ver las cosas desde su perspectiva: otra cuestión, claro, es compartir  su visión.

-¿Qué papel desempeña la comedia en la obra?

-Es muy sutil. Jorge Roelas ha dado unas pinceladas muy ácidas y Tamzin Townsend, como directora, le ha aportado a la obra ese toque inglés que permite reírte en momentos tensos, dramáticos y extremos: esos momentos en los que no te queda otra que soltar lo que sientes con una risa.

-¿Cómo ha sido el trabajo con sus compañeras de reparto, Ana Marzoa y Lidia Navarro?

-Al ser solamente tres, hemos dependido mucho las unas de las otras. Te tienes que centrar mucho no solamente en recibir sino en dar y en ver qué necesitan las demás para ir navegando por el texto. Ha sido intenso. Y en mi caso ha sido agotador porque he compaginado la preparación de la obra con la grabación de la serie Bandolera. Pero recuerdo que a veces llegaba a los ensayos muy cansada y en cuanto Tamzin decía cuatro frases ya estaba otra vez con las pilas cargadas. Es una mujer que estimula muchísimo porque ama su trabajo, y su entusiasmo es muy contagioso. Hay ensayos en los que yo incluso hubiera seguido más horas.

-¿Qué aporta Verano a su trayectoria?

-Todas las obras me aportan algo. La anterior, Good sex, good day!, que estuvo entre febrero y junio en el Teatro Arenal de Madrid, me dio la oportunidad de hacer comedia pura y dura, interactuar con el público y soltarme muchísimo. Y Verano me está dando la posibilidad de ir pasando de un clímax a otro, de caer en un momento muy ridículo y, en cuestión de segundos, presentarme como un dóberman; ese juego de sacar todos y cada uno de los matices que puede tener un ser humano, y que en este caso se manifiestan muy rápidamente uno detrás del otro.

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